Chris Ware · Black Hole (Paperback)

$69,000.00

Black Hole es uno de los libros más perturbadores y más bellos que ha dado el cómic. Publicado por Pantheon en 2005 tras doce años de aparición serializada, la novela gráfica de Charles Burns transcurre en los suburbios de Seattle en los años setenta y sigue a un grupo de adolescentes afectados por una misteriosa enfermedad de transmisión sexual que produce mutaciones físicas —una boca extra, una cola, la piel que se desprende— tan variables como los propios cuerpos que las portan. Burns usa el blanco y negro con una precisión quirúrgica y una densidad casi insoportable para hablar de lo que la historia siempre ha sido en realidad: el cuerpo adolescente como territorio extraño, el deseo como enfermedad, el miedo a transformarse en algo que los demás no puedan reconocer ni aceptar. Una obra maestra que no se olvida porque no te deja olvidarla.

TipoLibros
CantidadUnidad

Disponible para reserva

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Specification Chair Armchair Sofas
Height 37" 42" 42"
Width 26.5" 32.5" 142"
Depth 19.5" 22.5" 24.5"
Assembly Required No No Yes
Packaging Type Box Box Box
Package Weight 55 lbs. 64 lbs. 180 lbs.
Packaging Dimensions 27" x 26" x 39" 45" x 35" x 24" 46" x 142" x 25"
SKU: TPCS-DJ-BOOKS-CHARLES-BURNS-BLACK-HOLE-PAPERBACK Categorías: ,
Descripción

Sobre Black Hole

Hay géneros que funcionan como metáforas de sí mismos, y el horror de cuerpo —el body horror, esa tradición que va de Kafka a Cronenberg pasando por los monstruos de la ciencia ficción de los cincuenta— es uno de ellos. Hablar del cuerpo que se transforma de manera involuntaria e irreversible es hablar siempre de otra cosa: del miedo a la enfermedad, al deseo, a la diferencia, a la pérdida de control sobre lo que uno es y lo que los demás ven cuando lo miran. Charles Burns lo sabía cuando empezó a publicar Black Hole en 1995, en entregas serializadas que aparecieron a lo largo de doce años en el sello Fantagraphics antes de ser reunidas por Pantheon en el volumen definitivo de 2005. Y lo que hizo con ese conocimiento —la forma en que convirtió una premisa de horror de género en una de las obras más precisas y más devastadoras sobre la adolescencia que existe en cualquier medio— es lo que hace de Black Hole un libro que no pertenece solo a la historia del cómic sino a la historia de la literatura.

La premisa es simple y perfecta en su simpleza: en los suburbios de Seattle, a mediados de los años setenta, una enfermedad de transmisión sexual circula entre los adolescentes del instituto. La llaman simplemente “the bug”, y sus efectos son físicos y visibles pero completamente impredecibles: un chico desarrolla una pequeña boca en el cuello que habla mientras duerme, una chica pierde la piel como si fuera una segunda envoltura, otro tiene una cola, otro deformidades más oscuras y más difíciles de describir. La enfermedad no mata —al menos no directamente— pero marca: quien la tiene ya no puede vivir entre los normales, y los marcados terminan derivando hacia los bosques en las afueras de la ciudad, construyendo una comunidad paralela de cuerpos alterados que la sociedad prefiere no ver.

Burns desarrolló esta premisa a lo largo de doce años con una paciencia y una coherencia que solo es posible cuando un artista sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna prisa por llegar a ningún lado que no sea el lugar correcto. Cada una de las doce entregas originales fue concebida como un objeto completo en sí mismo —con su propia portada, su propia temperatura emocional, sus propios momentos de suspense y revelación— pero también como parte de una arquitectura mayor que solo se volvía completamente visible en la lectura del volumen completo. Es una de las estructuras narrativas más sofisticadas del cómic contemporáneo, y funciona de la misma manera que las mejores novelas seriales de la tradición literaria: cada parte satisface y al mismo tiempo abre un vacío que solo la siguiente puede llenar.

El dibujo de Burns es, junto con el de Chris Ware, el más reconocible e inimitable del cómic norteamericano de las últimas décadas. Su línea es absolutamente limpia —sin la textura ni la imperfección que caracteriza a la mayoría de los dibujantes— y esa limpieza produce un efecto paradójico: cuanto más perturbador es el contenido, más fría y más precisa se vuelve la representación, y esa distancia entre lo que se muestra y cómo se muestra genera una incomodidad que ningún dibujo expresionista podría producir. Burns dibuja los cuerpos mutados con la misma objetividad con que dibuja una habitación de suburbio o una pizza a medias: sin énfasis, sin señalar, dejando que la normalidad del tratamiento visual amplifique la anormalidad del contenido hasta volverla insoportable.

El blanco y negro de Black Hole merece un análisis específico porque es, en sentido estricto, uno de los protagonistas del libro. Burns trabaja con un contraste extremo —negros absolutamente sólidos, blancos sin gradación— que crea una imagen de una densidad visual que pocas veces se encuentra en el cómic. Las sombras no son zonas de penumbra sino superficies opacas, territorios donde la imagen desaparece en lugar de difuminarse, y esa radicalidad cromática convierte cada página en algo que se parece tanto a una fotografía muy contrastada como a un grabado en madera. La noche en los bosques donde viven los marcados es literalmente negra —no oscura sino negra, sin detalle, sin fondo— y esa elección visual dice sobre el miedo y la exclusión más de lo que cualquier diálogo podría articular.

Los dos protagonistas principales —Keith y Chris, dos adolescentes cuyos caminos se cruzan y divergen a lo largo del libro— son también dos perspectivas sobre la misma experiencia de la adolescencia como estado de extrañeza permanente. Keith es el chico que desea y tiene miedo de lo que desea, que se mueve hacia la enfermedad como si fuera una forma de acceder a algo que el mundo normal no puede darle. Chris es la chica que ya está marcada, que vive en los bosques con los otros parias y que narra desde adentro de la exclusión lo que Keith observa desde afuera. Entre los dos construyen un retrato de la adolescencia que no tiene nada de nostálgico ni de condescendiente: es un retrato de la adolescencia como catástrofe lenta, como el período de la vida en que el cuerpo y el deseo y la identidad y la pertenencia social entran simultáneamente en crisis y ninguno de los adultos alrededor tiene ninguna respuesta útil que ofrecer.

La ambientación en los años setenta no es arbitraria. Burns creció en Seattle en esa época, y hay en Black Hole una arqueología precisa de ese momento y ese lugar: la ropa, los coches, los interiores domésticos, la música que suena de fondo, el tipo específico de tedio suburbano americano que la cultura popular de la época representaba como normalidad envidiable y que Burns desmonta viñeta a viñeta para mostrar lo que había debajo. Pero la elección temporal tiene también una dimensión histórica que el libro nunca nombra directamente pero que opera como subtexto permanente: los años setenta fueron la década en que la liberación sexual de los sesenta encontró sus límites, en que el sida empezó a gestarse en silencio antes de volverse visible en los ochenta, en que la idea de que el sexo podía matar pasó de metáfora a realidad médica. Black Hole no es una alegoría del sida —Burns ha sido explícito sobre esto— pero es una obra que solo podía ser escrita por alguien que creció en la sombra de esa historia, y esa sombra está en cada página aunque nunca se la nombre.

Publicado en su forma definitiva en 2005, Black Hole fue recibido como la obra maestra que era con una unanimidad poco común en la crítica de cómic, y en los años siguientes fue acumulando el tipo de reconocimiento que se reserva para los libros que cambian la comprensión de lo que un medio puede hacer. Está en los programas de literatura comparada de varias universidades, ha sido objeto de tesis doctorales, ha sido traducido a docenas de idiomas, y sigue siendo el libro que más frecuentemente aparece en las listas de novedades de quienes descubren el cómic adulto por primera vez y quieren entender de qué es capaz. Esa función —la de obra de iniciación para quienes no sabían que el cómic podía hacer esto— es, paradójicamente, uno de sus mayores méritos: es un libro suficientemente accesible en su narrativa para atrapar a quien no tiene ningún background en el medio, y suficientemente complejo en su forma para seguir revelando cosas nuevas a quienes lo releen con más herramientas.

No se olvida porque no te deja olvidarlo. Esa boca en el cuello que habla mientras el dueño duerme, esa piel que se desprende como un disfraz que ya no sirve, esos bosques nocturnos donde los marcados construyen su comunidad paralela: son imágenes que se instalan en algún lugar entre la memoria y el inconsciente y que aparecen de tanto en tanto, años después de la última lectura, con la nitidez de algo que se vivió y no solo se leyó. Eso es lo que hacen las obras que importan: no desaparecer.

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Sobre la marca
Pantheon Graphic Library es el sello que le dio al cómic su lugar en la librería literaria, sin disculpas y sin condescendencia. Fundado dentro de Pantheon Books —la editorial neoyorkina históricamente asociada a autores como Borges, Calvino y Foucault—, el imprint publicó Maus de Art Spiegelman en 1986 y con ese solo gesto cambió la conversación sobre lo que una novela gráfica podía ser y a quién podía interesarle. Desde entonces ha sido el hogar editorial de Chris Ware, Marjane Satrapi, Daniel Clowes, Charles Burns y Joe Sacco, entre otros: un catálogo que no necesita defenderse porque se defiende solo, obra por obra, página por página.
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