SUMMER STYLE
Stereolab · Emperor Tomato Ketchup 2xLP
$110,000.00
Emperor Tomato Ketchup es el disco en que Stereolab dejó de ser una promesa y se convirtió en un mundo propio. Publicado en 1996, el álbum lleva el nombre de una película de vanguardia japonesa y cumple con esa herencia: es denso, bello y completamente inclasificable. Krautrock, lounge, noise, pop, musique concrète —todo procesado por la voz de Lætitia Sadier con una calma hipnótica que hace sonar las ideas más ambiciosas como si fueran canciones de cuna. Un disco que no envejece porque nunca perteneció del todo a su época.
| Color | Negro |
|---|---|
| Tipo | Discos |
| Cantidad | 2 LPs |
| Género | Art-Rock, Indie-Rock, Krautrock, Post-Rock |
Disponible para reserva
Size and packaging guidelines
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| Specification | Chair | Armchair | Sofas |
| Height | 37" | 42" | 42" |
| Width | 26.5" | 32.5" | 142" |
| Depth | 19.5" | 22.5" | 24.5" |
| Assembly Required | No | No | Yes |
| Packaging Type | Box | Box | Box |
| Package Weight | 55 lbs. | 64 lbs. | 180 lbs. |
| Packaging Dimensions | 27" x 26" x 39" | 45" x 35" x 24" | 46" x 142" x 25" |
SKU:
TPCS-RECORDS-STEREOLAB-EMPEROR-TOMATO-KETCHUP-2XLP
Categoría: Discos
Descripción
Sobre Emperor Tomato Ketchup
Hay discos que funcionan como manifestos sin necesidad de declararse como tales. Emperor Tomato Ketchup, publicado por Stereolab en marzo de 1996 a través de Duophonic Ultra High Frequency Disks y Elektra Records, es uno de ellos: un álbum que lleva el nombre de una película de vanguardia japonesa de 1971 —dirigida por Shūji Terayama, mezcla de fantasía infantil y provocación política— y que honra esa referencia con una música que tiene la misma vocación de desestabilizar los sentidos sin renunciar al placer. No es el disco más accesible de Stereolab, ni el más amable, pero sí el más completo: el momento en que todas las obsesiones del grupo convergieron en una sola obra y el resultado fue algo que todavía hoy resulta difícil de situar con precisión en ningún mapa.
Stereolab había llegado hasta aquí por una ruta inusual. Fundada en Londres en 1990 por el guitarrista y compositor Tim Gane y la cantante y letrista Lætitia Sadier —pareja en la vida y en la música durante buena parte de la historia del grupo—, la banda construyó su identidad a partir de una colección de referencias tan heterodoxa que hacía difícil encontrar contemporáneos verdaderos. Velvet Underground y Can estaban en el ADN, pero también lo estaban Neu!, Cluster, John Cage, Erik Satie, la biblioteca de música de explotación italiana de los sesenta, el lounge de Esquivel, el pop francés de Gainsbourg y el minimalismo americano de Terry Riley. A esa mezcla se añadía la voz de Sadier: un instrumento en sí mismo, entrenado en el arte de cantar con una placidez que no era indiferencia sino concentración, como si cada nota fuera elegida desde un lugar de absoluta certeza interior.
Los discos anteriores —Peng!, Transient Random-Noise Bursts with Announcements, Mars Audiac Quintet, Music for the Amorphous Body Center— habían ido construyendo ese universo de manera progresiva, sumando capas de complejidad sin perder nunca cierta ligereza pop que hacía el conjunto habitable. Pero Emperor Tomato Ketchup llegó con una ambición diferente, más declarada, más dispuesta a incomodar. Grabado en el Blackwing Studio de Londres con el productor John McEntire —baterista de Tortoise y figura central del post-rock de Chicago—, el álbum incorporó por primera vez de manera sistemática elementos del jazz contemporáneo, texturas orquestales más elaboradas y una atención al detalle rítmico que llevó la música de Stereolab a un territorio genuinamente nuevo.
McEntire fue una incorporación decisiva. Su sensibilidad rítmica y su comprensión de la producción como arquitectura —la forma en que los planos sonoros se apilan y relacionan en el espacio de una mezcla— transformaron el sonido del grupo sin traicionarlo. Los motivos de teclado que en discos anteriores podían sonar ligeramente ásperos ganaron aquí una fluidez y una profundidad que hacían pensar tanto en el jazz modal de Miles Davis como en el krautrock más hipnótico de Harmonia. Las cuerdas de bajo de Duncan Brown y la batería de Andy Ramsay, siempre impecables en la historia del grupo, encontraron en este disco su expresión más sofisticada: hay momentos en “Metronomic Underground”, el tema que abre el álbum, donde el groove alcanza una densidad casi física, un pulso que no invita al movimiento sino que lo impone.
“Metronomic Underground” merece detenerse en ella: con sus casi ocho minutos, es una declaración de intenciones tan completa que podría funcionar como el disco entero en miniatura. Arranca con un bajo repetitivo que establece el tempo como una ley natural, suma teclados en capas sucesivas, incorpora la voz de Sadier cantando sobre ritmos internos y paisajes mentales, y construye una tensión que nunca resuelve del modo esperado sino que simplemente continúa, muta, se transforma en otra cosa. Es una lección de cómo el minimalismo puede ser, al mismo tiempo, enormemente rico: cada elemento es simple, pero la combinación resulta inagotable.
El resto del álbum sostiene esa promesa con una consistencia notable. “Cybele’s Reverie” es quizás el momento más abiertamente bello del disco, una pieza de una delicadeza casi dolorosa donde la voz de Sadier flota sobre colchones de cuerdas sintetizadas con una gracia que recuerda al mejor pop de cámara francés de los sesenta. “Percolator” lleva el krautrock a un territorio casi abstracto, construyendo su hipnosis a partir de la repetición obsesiva de un único motivo armónico. “The Noise of Carpet” explora la frontera entre el ambient y el pop con resultados que anticipan gran parte de la música electrónica de la década siguiente. “Les Yper Sound” condensa en tres minutos todo lo que hacía grande a Stereolab: el groove, la melodía, la voz, la textura, y esa sensación de que la canción podría continuar indefinidamente sin perder nada de su encanto.
Una palabra sobre Lætitia Sadier, porque hablar de Stereolab sin hablar de su voz con la atención que merece es dejar el análisis a medias. Sadier es uno de los instrumentistas más singulares de la historia del pop —porque eso es exactamente lo que es, una instrumentista— y Emperor Tomato Ketchup es quizás su actuación más plena en el catálogo del grupo. Canta en inglés y en francés con idéntica naturalidad, y lo hace desde un lugar que no tiene equivalente fácil: no hay dramatismo, no hay afectación, no hay el tipo de expresividad que el pop anglosajón convirtió en norma. Hay, en cambio, una presencia. Una forma de ocupar el espacio sonoro que hace que cada sílaba parezca inevitable, colocada exactamente donde debe estar en la arquitectura del tema. Escucharla cantar es entender que la voz puede ser un instrumento de precisión sin dejar de ser un instrumento de emoción.
El álbum fue recibido con entusiasmo por la crítica especializada, aunque su complejidad limitó naturalmente su alcance comercial. Pitchfork lo incluyó años después en sus listas de los mejores discos de los noventa, y con el tiempo fue ganando el reconocimiento de músicos y productores de las generaciones siguientes como uno de los referentes fundamentales del post-rock, el indie experimental y la música electrónica de autor. Grupos como Broadcast, Metronomy, Tame Impala o incluso algunas corrientes del bedroom pop contemporáneo llevan sus huellas con mayor o menor consciencia. La influencia de Stereolab —y de este disco en particular— opera de ese modo difuso y omnipresente que tienen las obras que no tienen seguidores directos sino que simplemente cambian el aire que todos respiran.
Treinta años después de su publicación, Emperor Tomato Ketchup suena simultáneamente como un documento de época —hay en él algo inconfundiblemente mid-nineties, una cierta forma de entender la densidad y la textura que pertenece a ese momento— y como una obra que trasciende su contexto con una facilidad que pocos discos de su generación pueden reivindicar. Es un disco que no ha envejecido porque nunca terminó de pertenecer del todo a su tiempo: llegó desde demasiados pasados y apuntaba hacia demasiados futuros como para quedarse atrapado en un presente. Eso, al final, es la definición más precisa de un clásico.
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